
Con la más convencional de las sonrisas, Barba Azul ordena: "Jamás abras esa puerta".
A la luz de figuras arquetípicas toda prohibición es un claro consejo: abre la puerta, ábrela ahora mismo. La puerta está bajo tus párpados, no es historia ni pofecía.
Pero hay que llegar a verla, y para verla propongo soñar puesto que soñar es un presente desplazado y emplazado por una operación exclusivamente humana, una saturación de presente, un trozo de ámbar gris flotando en el devenir y a la vez aislándose de él en la medida en que el soñante está en su presente, que concita fuera de todo tiempo o espacio kantianos las desconcertadas potencias del su ser.
La puerta espera al alcance de la mano. No hay más que abrirla ("Jamás abras esa puerta", dijo Barba Azul) y la manera es ésta: Hay que aprender a despertar dentro del sueño, imponer la voluntad a esa realidad onírica de la que hasta ahora sólo se es pasivamente autor actor y espectador. quien llegue a despertar a la liberytad dentro de su sueño habrá franqueado la puerta y accedido a un plano que será por fin un novum organum.
Vertiginosas secuelas se abren aquí al individuo y a la raza: la de volver de la vigilia onírica a la vigilia cotidiana con una sola flor entre los dedos, tendido el puente de la conciliación entre la noche y el día, rota la torpe máquina binaria que separaba a Hipnos de Eros. O más hermosamente, aprender a dormirse en el corazón del primer sueño para llegar a entrar en un segundo, y no sólo eso: llegar a despertar dentro del segundo sueño y abrir así otra puerta, y volver a soñar y despertarse dentro del tercer sueño, y volver a soñar y a despertar, como hacen las muñecas rusas.
"Jamás abras esa puerta", dice Barba Azul.
¿Qué harás tu, animula vagula blandula?
"Último Round" .J.C