Cambié de lado, de color, de tamaño. Cuando camino escucho música que canto a grito herido, a grito alegre. Vuelvo, de frente, con algunas palabras que decir, con algunos besos que dar, con muchas ganas de escuchar. Quiero salir a recorrer esta noche, todas las noches, del brazo de quien me quiera acompañar. Para encontrarnos solo basta perder la brújula, también el mapa. Y por ahí Andrés me habla de los juegos de manos, la mano en la pierna, la pierna que no se apartó. Y yo quiero ser esa pierna y esa mano, y quiero no apartarme, por un buen tiempo, permanecer así. Ver la lluvia y el humo y tener la certeza que el mundo sucede cuadro a cuadro, en cámara lenta, toda una celebración de lo atemporal. Solo falta ver, quedarse pegado a la imagen de ese arbolito en la montaña, del sol que se oculta, del cielo camaleónico. Contemplar las sombras, lo que se ve entre rama y rama cuando levantas la cabeza. Y así soportar la entrada diaria a las 7:30am, la embarazada workmate que me detesta, a mi jefe que es toda una madre, al almuerzo sin sabor. Ponerme de nuevo los audífonos, subir el volumen y volver a ver el mundo len-ta-men-te.
Y así, cada día. Cada noche.