lunes, 27 de agosto de 2012

Que si existe el cielo, que bien, que detalle...

Cambié de lado, de color, de tamaño.  Cuando camino escucho música que canto a grito herido, a grito alegre.  Vuelvo, de frente, con algunas palabras que decir, con algunos besos que dar, con muchas ganas de escuchar.  Quiero salir a recorrer esta noche, todas las noches, del brazo de quien me quiera acompañar.  Para encontrarnos solo basta perder la brújula, también el mapa. Y por ahí Andrés me habla de los juegos de manos, la mano en la pierna, la pierna que no se apartó.  Y yo quiero ser esa pierna y esa mano, y quiero no apartarme, por un buen tiempo, permanecer así.  Ver la lluvia y el humo y tener la certeza que el mundo sucede cuadro a cuadro, en cámara lenta, toda una celebración de lo atemporal.  Solo falta ver, quedarse pegado a la imagen de ese arbolito en la montaña, del sol que se oculta, del cielo camaleónico.  Contemplar las sombras, lo que se ve entre rama y rama cuando levantas la cabeza.   Y así soportar la entrada diaria a las 7:30am, la embarazada workmate que me detesta, a mi jefe que es toda una madre, al almuerzo sin sabor.  Ponerme de nuevo los audífonos, subir el volumen y volver a ver el mundo len-ta-men-te.

Y así, cada día. Cada noche.