martes, 10 de enero de 2012

Ese muerto no lo cargo yo

-Relato de un sueño-

Siempre había cargado mi navaja al cinto, cambiaba de navaja según el estado de ánimo. En un diciembre me regalé de “traído” una mariposa, de esas que utilizan los pandilleros chinos o utilizaban, porque ahora los infantes más desamparados disfrutan de Pietro Berettas y Sig Sauers y yo si acaso tuve una pistolita de agua comprada al escondido, en fin, porté mi navaja de matarife chino hasta que decidí dejarla guardada cuando una noche de alcohol estuve tentado a propinarle varias puñaladas a un viejo conocido solo por burlarse de mi nariz -mi objeto principal de seducción y conquista-, además tampoco es justo regalársela a la policía.

Gracias a las bondades etílicas de juntar individuos con las mismas tendencias, esa noche éramos siete, luego fue amanecer y éramos veintitrés y cuando el sol casi llegaba a su punto más alto éramos no se cuantos. Unos llegaron sin invitación porque no la necesitaban, otros llegaron pegados de los conocidos y otros pegados de los pegados; pero como tantas veces he sido pegado de los pegados entonces casi todos fueron bienvenidos. Se presentaron varias mujeres con el factor común de haber sido amantes mías y así protegidas y amadas por el resto de mi vida o por lo menos hasta que Don Alts Heimer deje, constantemente estaban bajo mi observación -como todo lo que es de mi propiedad- cuando repentinamente noté un sutil acoso, era uno de los malvenidos en un movimiento atrevido contra una de ellas, hecho que me puso totalmente alerta y envió mi mente de vuelta a la sobriedad, traté de hacerle el seguimiento pero en un mínimo descuido, mientras estaba pendiente del resto, noté la escena que nunca hubiera querido presenciar, acto que debe ser castigado con cadena perpetua, castración, mutilación de pene, salpicadura con ácido en los ojos, arrancamiento de uñas con alicate y finalmente empalamiento.

Semejante malvenido tan insolente, después estar en mi casa sin invitación personal y tomándose mi licor, osa abusar de una de mis protegidas. Ese animal necesitaba castigo severo, más que la simple expulsión. Inmediatamente puse en marcha un plan sacado de la fila del presidio, donde el afectado no se entera de lo ocurrido hasta que se descubre en el piso con manchitas rojas en el costado. Pedí la colaboración de dos de mis bienvenidos de confianza que no hicieron preguntas innecesarias y fui por mi querida mariposa que estaba celosamente guardada esperando el momento.El malvenido fue distraído mientras yo abría mi mariposa, tímida y lentamente, para que su deslumbrante brillo no se convirtiera en alertador grito y así, en un abrazo a mi malvenido, terminó todo de la forma mas común, tanto que nadie lo notó, nadie preguntó por nadie.

Horas después desperté en mi cama sin sábana, con un sentimiento desgarrador: algo había salido mal. Cuando volví en mí completamente recordé lo ocurrido, encontré mi querida mariposa pero aún no hallaba mi sábana y no tenía idea del paradero de su contenido; supuse que mis queridos bienvenidos cómplices habían visto tantas películas de mafiosos como yo y habían hecho lo propio con el maldito malvenido, entonces quedé tranquilo y puse una sábana limpia. Dos días después, todavía tenía una mala sensación, para mitigarla, fui a la nevera por las últimas gotas de vodka que suponía los no se cuantos iban a respetar pero no lo hicieron, con rabia di la vuelta y noté la estufa desplazada hacia adelante, seguramente alguna pareja la utilizó como altar de sacrificio para ejecutar a las buenas costumbres celebrando cualquier acto sexual. Empujé la estufa hacia atrás pero algo se interponía en el camino, era mi maldito malvenido envuelto en mi sábana blanca ahora con múltiples flores de sangre marrón. Allí yacía ese demonio como crisálida por culpa de mi mariposa.

Llamé a uno de mis bienvenidos con camioneta grande y me dispuse a atalajar bien la maldita pupa para evitar derrames durante el transporte hasta la “cola del zorro”, colina por la que rodaría hasta ser recibido por cualquier arbolito habitante del lugar. Durante el primer apretón la pupa gritó pasivamente, pero las pupas muertas no gritan. En ese instante respiré profundo y el malestar que había sufrido por tres días desapareció.

SCR

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